Seguimos mirando


No está claro si son varias las preguntas o varias las maneras de hacer la misma pregunta: ¿Por qué no se ha intervenido en Siria con la misma determinación que se intervino en Libia? ¿Por qué a mayores niveles de represión mayor inactividad de la comunidad internacional y los países árabes? ¿Cuántos videos de cadáveres de niños torturados más podremos ver sin actuar? ¿Cuál es el papel del resto del mundo ante el manifiesto ataque contra una población civil?

¿Intervenir o no intervenir? Siria no es cualquier país y sus lazos regionales con Irán y Rusia la protegen de una intervención internacional, porque enfrentarse a ella significa que se enfrenten los poderes regionales y mundiales. La creciente violencia pone en evidencia la inoperancia del papel de la ONU y la Liga de los Países Árabes, en las que a su vez están representados los mismos estados que se enfrentarían en la batalla por el control de la región. Por tanto, son incapaces de hablar como un único ente, aunque en el caso de la Liga Árabe, Arabia Saudí y Qatar se hayan apoderado del discurso de la Institución y la negativa de Líbano e Irak, aliados sirios, a cualquier tipo de condena contra Al Assad no signifique nada. Pero no pueden actuar solos, y en el Consejo de Seguridad de la ONU, Rusia y China son del bando internacional que no va a permitir que un vacío de poder en Siria sea aprovechado por los países del Golfo y, por extensión, por Estados Unidos. Así que veta toda resolución que debilite a Bachir Al Assad. A falta de organismos con convicción, la última idea ha sido crear una voz internacional llamada los Amigos de Siria, que reconoce al Consejo de Transición Siria como representante legítimo, pero que solo ha servido para seguir hablando y condenando a un régimen de oídos sordos. El pasado 24 de febrero se reunieron en Túnez incapaces de tomar medidas de acción que pongan fin a la violencia. Homs estaba siendo asediada y se había bloqueado, como durante todos estos meses, la entrada a las organizaciones humanitarias que pretendían socorrer a los cientos de heridos y rescatar los cadáveres que estaban dejando los intensos bombardeos. La comunidad daba un nuevo ultimátum de 72 horas para un alto el fuego que fue, como todos los anteriores, incumplido por el régimen sin mayores consecuencias. El resultado es un galimatías que nadie se atreve a tantear y parece que han decidido que la lucha regional se dispute a nivel local en las entrañas sirias, aunque para ello un pueblo tenga que desangrarse. El desgaste debilitará al país y el resto podrá meter mano sin mancharse.

Pero lo que lleva pidiendo la población siria desde el principio de la represión, que comenzó con el primer día de protestas, es protección internacional. Nada decían de incursión ni intervención. El cambio se ha producido durante los últimos meses, porque el aumento de la violencia es un aumento de la desesperación y gran parte de la oposición ha comenzado a pedir abiertamente una intervención militar.

A finales de marzo de 2011, tan solo dos semanas después del comienzo de la revolución, Naciones Unidas, Francia y Estados Unidos emitían sus primeras declaraciones de condena a la violencia del régimen e instaban a investigar la muerte de 25 manifestantes en una manifestación en Deraa. Desde entonces, las condenas, declaraciones y reprobaciones de la comunidad internacional han sido semanales, pero ninguna acción ni resolución ha conseguido salir de Naciones Unidas.

Las primeras sanciones llegaban en mayo impuestas por la Unión Europea. La presión diplomática se amplió e intensificó en verano, cuando Barack Obama abrió la veda a la campaña de coacción. Los países árabes tardaron algo más en unirse a las críticas. Nadie se atrevía a cuestionar un Gobierno y dar la razón a una población civil cuyo mensaje podría abrir las puertas a las reivindicaciones ciudadanas que la Primavera Árabe también había despertado entre sus sociedades.

China y Rusia vetaron el 4 de octubre la primera resolución de la ONU que pretendía sancionar a Siria y poner fin a la violencia. Pero todavía el 26 de octubre, una representación de la Liga valoraba como “positivo” un encuentro con Bachir Al Assad y evitaba las críticas a la represión que por aquel ya acumulada varios informes documentados sobre torturas.

La imposibilidad de actuación de Naciones Unidas, que siempre encontraría el veto de Rusia, abrió paso a las negociaciones entre los actores regionales que dieron como resultado una hoja de ruta para implementar un protocolo de Paz en la que se pedía la retirada de los tanques de las calles y la liberación de los presos políticos. Pero este primer acuerdo de la Liga Árabe y el régimen sirio fue incumplido, como todos los posteriores, y respondido con una escalada de violencia. El 12 de noviembre, con una nueva estimación de 3.500 muertos, Siria quedaba suspendida como estado miembro de la Institución y los países árabes pedían la retirada de sus embajadores. Comenzaba la secuencia de un juego perdido: sanciones – acuerdo – ofensiva violenta contra la población civil – ultimátum – recrudecimiento de la ofensiva violencia contra la población civil. A finales de noviembre, el ministro de Exteriores, Walid al Moallem, aceptaba la entrada de observadores árabes a cambio de la retirada de las sanciones económicas que están ahogando severamente al país. La ONU denunciaba entonces más de 4.000 víctimas, entre ellas más de 300 menores.

El régimen de Al Assad no ha permitido durante estos meses la entrada de observadores internacionales, ha expedido escasos visados para periodistas extranjeros previa aceptación de una ruta oficial diseñada por el régimen (la mayoría de los que han narrado la masacre han accedido de forma clandestina), y ha dado cerrajón absoluto a las organizaciones humanitarias. Siria se ha convertido en el feudo de Al Assad donde sus fuerzas de seguridad actúan con total impunidad, ajenas incluso a la presencia de los observadores árabes que entraron el 24 de diciembre sin conseguir ninguno de los puntos que contemplaba el Protocolo de Paz. Su llegada coincidió con la explosión de un coche bomba en Damasco, y a las jornadas de represión y violencia, se unieron desde entonces diversos atentados en varios puntos del país cometidos, según el régimen, por grupos terroristas. El 2 de enero un ataque contra una manifestación pro gubernamental en Homs dejaba al menos 20 víctimas, entre ellas, el periodista francés, Gilles Jacquier, de la cadena France 2. Francia y la comunidad volvían a encenderse. La Liga Árabe en un torpe movimiento decidió ampliar la misión durante un mes, pero la maniobra no se entendió, a la vista de los resultados, de que habían desertado varios observadores y de que el tibio informe llegaba a agradecer la colaboración del régimen en el trabajo de la misión. Arabia Saudí reculó y días más tarde, el 22 de enero, decidió retirar a sus miembros y suspender la iniciativa. Qatar planteó por primera vez del envío de tropas árabes que fue automáticamente rechazado por el régimen sirio. Al mismo tiempo, Naciones Unidas ultimaba una resolución para que Bachir Al Asad cediera el poder de forma pacífica. Horas antes de que se llevara a votación y, como estaba previsto, quedara vetada por Rusia y China, la ciudad de Homs vivía el comienzo de una fuerte ofensiva del Ejército en la que más de 200 personas perdieron la vida en una sola noche.

La última estrategia de la comunidad internacional ha sido enviar a Kofi Annan como enviado especial insistiendo en la vía del diálogo, en la posibilidad de convencer al régimen para que pare de matar. Los resultados no han variado, solo el número de víctimas que ya supera las ocho mil. El régimen ni escucha ni parece sentirse amedrentado por lo que a efectos prácticos han sido regañinas internacionales y el pueblo ha asumido que está abandonado. Ya no duda en pedir armamento e iniciar una lucha por sí solo. Ahora la pregunta es si armar o no a la población.

El mundo de Al Assad


Inmutable y con la misma insolencia que celebró un referéndum el pasado mes de febrero para reformar la Constitución mientras su país se desangraba, Bachir Al Assad asumía en enero de 2011 el principio dela PrimaveraÁrabe en Túnez y Egipto como “una nueva era” en la región. Reconocía el cambio de mentalidad de las sociedades y daba crédito a las reformas exigidas por los ciudadanos que, en el caso de que se trasladaran a Siria, el régimen recibiría porque las llevaba aplicando desde su llegada a la presidencia en el año 2000. Se sentía intocable. Pero el contagio revolucionario se produjo, Damasco registró los primeros gritos de protestas el 15 de marzo de 2011 y Bachir Al Assad intentó tapar la boca a su pueblo con secuestros, detenciones y amenazas. Los ciudadanos de Damasco, que por ser la capital está especialmente controlada, se atemorizaron pero la oposición se hizo fuerte en Iblid y Deraa, donde se produjo la expansión definitiva e irreversible y, el mismo día 18 de marzo, el primer mártir, Akram Jauabra. Comenzaba una lista de muertos que ya cuenta con más de 8.000 nombres. La resistencia se fue fortaleciendo y Al Assad puso en marcha la maquinaria completa. Pasó de disparar a bocajarro contra los asistentes a las manifestaciones, a disparar contra los asistentes a los funerales de los muertos en las protestas; no tardó en extender la soga hasta los hospitales donde el personal sanitario recibió órdenes de dejar morir a los manifestantes heridos; más tarde se vio tentado a entrar casa por casa a despellejar literalmente a cada miembro de una familia sospechosa de “atentar” contra el régimen. Subrayando la palabra atentar porque, para Bachir Al Assad, como lo fue para su padre la rebelión de Hama que en 1982 fue reprimida con la misma saña provocando más de 10.000 muertos, no son protestantes, sino terroristas.

Un calificativo que ha desvirtuado el análisis interno, por el que el Régimen ha rechazado desde un principio cualquier tipo de negociación y ha optado por la línea ofensiva contra un enemigo que está resultando ser la población civil. La última acción de los entes terroristas, según la versión oficial, fue la matanza de decenas de mujeres y niños brutalmente torturados en el barrio de Karm el Zeitun (Homs). Aunque la acusación caiga por su propio peso, habiendo asistido durante estos meses al acoso y derribo de la ciudad de Homs, principal bastión de la oposición, y a la destrucción sin piedad del barrio de Baba Amr, que controlaba el Ejército Libre de Siria, ahora recuperado por el régimen.

Ha sido un año de conspiraciones. Las que le han servido al Presidente para negar cualquier atisbo de realidad. Aunque paradójicamente cuanto más ha insistido en el mensaje de injerencia externa a través de grupos armados, más ha incidido en su agenda de reformas. A finales de marzo de 2011 se negaba ante el Parlamento a derogarla Leyde Emergencia, vigente desde 1963, y se oponía con soberbia a que el ambiente de protestas acelerara las reformas políticas anunciadas. Iban a seguir su ritmo. Pero ni el mensaje sectario que ha intentado dividir a la población (de mayoría suní, bajo un Gobierno alawí, rama musulamana emparentada con los chiíes) ha conseguido acallarlas, y en agosto, aunque seguía negándolas, anunció elecciones legislativas y aprobó un decreto que permitía el multipartidismo, poniendo fin al monopolio del Partido Baaz durante décadas. Sin embargo, la represión ha deslegitimado cualquier reforma política, cuando la única reforma que se espera es la de su cargo: que caiga Al Assad. Pero ignora su crisis interna, que nunca ha reconocido como tal, y esta semana consolidaba su agenda reformista con la celebración de elecciones legislativas en mayo bajo una nueva Constitución recién aprobada.

Ha sido un año de realidades paralelas y esquizofrénicas. Un Bachir Al Assad que asiste a los actos de su agenda cubiertos por las televisiones oficialistas en un ambiente de normalidad, mientras los activistas hacen llegar a las televisiones internacionales los gritos de las manifestaciones que se convocan cada día por todo el país; los llantos de familiares arrodillados junto a cadáveres de hombres, mujeres, niños y ancianos.

En su mundo paralelo, Al Assad no parpadea cuando reaparece públicamente; al inicio del mes de Ramadán, enla Mezquitaal-Nour de Raqqa, mientras sus Fuerzas Armadas redoblaban la campaña represiva y lanzaban una intensa ofensiva contra Hama, convirtiendo el mes sagrado en uno de los más sangrientos desde el inicio de las revueltas. Se iniciaba una nueva etapa y una escalada de violencia que ha superado lo soportable. Pero el Presidente parece sentirse seguro entre los suyos, arropado por un círculo de poder que le protege, y en el que no se han producido deserciones significativas que hayan minado su hegemonía. No le ha hecho falta ceder a la recomendación de una renuncia a la yemení, con alfombra roja y exilio, como le han sugerido en privado algunos de los países del Golfo, más incisivos en público. Se siente fuerte. Hasta el gran muftí Ahmed Hasun, máximo representante suní, ha expresado su apoyo al régimen descartando cualquier teoría sectaria. Porque no son las confesiones la línea que divide seguidores y rivales, sino las redes de poder minuciosamente tejidas durante los dictatoriales años de Gobierno de su padre, Hafez Al Assad, que su hijo ha heredado y mantenido. La elite siria está con el Presidente, es decir, con quien protege sus privilegios.

Con un clan inescrutable y el escudo de Irán y Rusia, en escasas ocasiones se le ha visto nervioso en público. Tan solo cuando la comunidad internacional tanteó en octubre la posibilidad de intervenir, Bachir advertía al diario británico The Daily Telegraph que una incursión desataría “un terremoto en Oriente Próximo”. Todos callaron. Su discurso no ha variado durante estos meses, obstinado en la teoría de la rebelión / conspiración de fuerzas extranjeras. El aniversario coincide con la filtración de correos electrónicos personales de Al Assad y de su entorno, publicados por el periódico británico The Guardian, que no muestran al Presidente especialmente alterado con la situación de su país aunque parece que ha necesitado asesoramiento del experimentado Irán para afrontar la represión y desmentir las acusaciones de asesino.

Se da por hecho que Al Assad tiene los días contados y que su permanencia en el poder es impensable, pero no parece sentirse amenazado viendo la jactancia de unos actos que comete con total impunidad. Quizá haya decidido morir matando. Él ya se ha autoexculpado, dice que ha hecho todo lo posible por proteger a su pueblo, y se da baños de multitudes de apoyo, coincidiendo con el aniversario de la revolución que se ha convertido en el aniversario de una ceguera sanguinaria.

Geopolítica sobre-humanos


Asumo las contradicciones: Por qué Occidente insiste en una paz negociada con Israel pero en ningún caso lo plantea con el régimen sirio y solo pide su caída, cuando sus ataques a la población civil son objetivamente comparables. Uno contra su pueblo; el otro contra un pueblo apropiado; por qué las sospechas, fundamentadas, de que Arabia Saudí, Qatar, Gran Bretaña y Estados Unidos están armando a la resistencia a través de las fronteras de Líbano, Turquía y Jordania, deslegitima a los ciudadanos sirios, que ajenos a las intereses geopolíticos, están saliendo a la calle a exigir la apertura de un régimen asfixiante; considero también que la incursión de la OTAN en Libia crea dudosos precedentes sobre lo que pretendían los países del Golfo y sus aliados solicitando al Consejo General de Naciones Unidas la intervención inmediata en Siria. En uno había petróleo; en otro una ubicación estratégica que nadie quiere perder; desde mi lógica enrevesada entiendo que China y Rusia quieran evitar una intervención internacional, pero desde la mundana me es sencillo acusarles de tener las manos “manchadas de sangre” por vetar la resolución en la ONU que se votó el mismo día de una masacre: más de 200 víctimas en Homs y el principio de una ofensiva estatal contra la población que todavía dura.

Asumo las contradicciones, porque aquí hay muchos intereses y poca credibilidad. Las palabras de todos los actores que intentan tomar parte de esta crisis están huecas. Deslegitimadas. Todos tienen razón y la pierden al mismo tiempo. Son declaraciones vendidas al poder estratégico, los ataques propagandísticos, la guerra informativa y las conspiraciones esquizofrénicas. Cuando la única verdad es que mueren civiles, que los aviones sobrevuelan vecindarios lanzando proyectiles (que es posible escuchar cuando se habla con ellos) y que se multiplican las fotos y vídeos de cadáveres y cuerpos mutilados y calcinados, signos de ataques y de torturas ante los que no encuentro explicaciones alternativas.

Se supone que este 2011 nos debía haber enseñado algo. A empezar a escuchar otras voces que han demostrado tener más credibilidad: las de la población árabe. A incluirlo como un factor hasta ahora inexistente en los análisis geopolíticos de la región que intentan arrojan luz sobre una situación intencionadamente ensombrecida por los intereses de la política regional. Si esto ya nos lo sabemos, ¿por qué no somos capaces de escuchar lo que se dice en la calle? Hoy, la voz desesperada de personas que piden la intervención inmediata que para ellos significa protección. No entienden de análisis geopolíticos, y se les escapa la instrumentalización que luego harán de esa intrusión: la que EEUU quiere aprovechar para posicionarse cara a cara contra Teherán;  la que Rusia, China e Irán intentan evitar para seguir extendiendo sus redes en la zona. Los damnificados ya no son solo de Al Assad, sino de todo nuestro juego, en el que seguimos sin haber aprendido que en el mundo árabe y en el caramelo de Oriente Próximo, que todos quieren masticar, viven personas. Personas que sienten y sufren y que como la mayoría de la población mundial desarrollan su vida diaria al margen de consignas políticas.

Es fácil escucharles. Dicen cosas sencillas que todos somos capaces de comprender. “Quiero dejar de oír el sonido de las bombas cada día, quiero comprar el pan, tener calefacción”. Hace tiempo que dejaron de hablar de la lucha que les sacó a la calle a principios de 2011. Hablan de superviviencia: “No podemos más. La muerte es mejor que esto”. Ésta es la única voz que, en todo lo que está ocurriendo, suena sincera.

¿Cuántas muertes por honor hay al año en Jordania?


Contador de crímenes

Bajo la óptica de Reem Manaa

Traducción de Nicola Saafin y Ana García.

Desde que comencé a trabajar en la iniciativa “No hay honor en el crimen“*, gran parte de mis conocidos han empezado a saludarme con la irónica pregunta: ¿Cuántas muertes por honor hay al año en Jordania? Respondo: Alrededor de quince. Y entonces me lanzan rápidamente una pregunta aún más incisiva que la primera: ¡Bueno! ¡quince no es un fenómeno! ¿Por qué haces una campaña y armas tanto lío? Seguir leyendo en AISH